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SAN
FRANCISCO DE ASÍS
EN
DIÁLOGO CON LAS CULTURAS
Introducción
Hoy se da un fenómeno muy curioso: tras la desaparición del bloque comunista, las relaciones entre las diversas religiones se han vuelto más difíciles que antes. Vemos surgir fundamentalismos y cerrazón no sólo en grupos de otras religiones, como los musulmanes, sino también en grupos cristianos, como –por ejemplo- los de tradición ortodoxa oriental. Parece que las culturas y las religiones, en lugar de encontrarse en un diálogo fecundo, se enfrenten en un clima de desconfianza y –a menudo- de rechazo, como si una tuviese miedo de la otra y, por ello, la rechazase.
Permaneciendo en el ámbito cristiano, se constata, por ejemplo, que la Iglesia ortodoxa rusa, la más abierta al diálogo ecuménico durante el comunismo, ya que constituía la única posibilidad de apertura hacia el mundo libre, y también porque a los regímenes comunistas les convenía que la Iglesia fuese portavoz de su propaganda pacifista, ahora, en cambio, tiende a encerrarse en sí misma, rechazando todo diálogo. A esto se añaden las dificultades objetivas planteadas por el problema del denominado “uniatismo”, que sigue envenenando las relaciones entre católicos y ortodoxos. Así, para la Iglesia católica, aquel que parecía el modo más fácil de acercarse a los ortodoxos, se ha revelado como el obstáculo mayor.
Hay también dificultades que nacen de la “invasión” de los países ex–comunistas por parte de sectas protestantes, movimientos y órdenes religiosas católicas. La iglesia oficial ortodoxa de estos países se siente amenazada, con razón o sin ella; considera que esas presencias tienen un solo objetivo: hacer proselitismo, aprovechándose de la pobreza de la gente y de la escasa organización de las iglesias ortodoxas.
Además, existen otras razones que explican el rechazo hacia Occidente por parte de las iglesias ortodoxas (y también por parte de la cultura musulmana e hindú), razones de carácter étnico y psicológico. En casi todos los países de tradición ortodoxa, ésta ha representado y sigue representando la conciencia nacional de esos países. La reaparición del nacionalismo en dichos países conlleva también un florecimiento de la tradición ortodoxa de matriz fundamentalista, que tiende a rechazar todo aquello que no es ortodoxo como ajeno a la cultura y a la tradición del país. Recientemente, en las calles de Atenas han tenido lugar manifestaciones organizadas por los obispos y los monjes. Centenares de miles de personas marchaban con el estandarte de Bizancio, la cruz, la bandera griega y pancartas en las que se podía leer el siguiente eslogan en inglés: «I am greek orthodox and proud of it» (“Soy ortodoxo griego, y estoy orgulloso de ello”).
Hay asimismo un factor de tipo psicológico e histórico muy importante. Es verdad que las órdenes religiosas de la Iglesia católica, a lo largo de los siglos, han tratado de hacer proselitismo entre los ortodoxos y –todavía hoy- entre las otras grandes religiones. Pensemos en la presencia católica en la India, donde el hinduismo –con razón o sin ella- se siente amenazado por la presencia de la Iglesia católica. Los ortodoxos miran a las órdenes religiosas católicas presentes en sus países con la misma desconfianza con la que nosotros, los católicos, observamos a los representantes de las diversas sectas protestantes procedentes de América y que se mueven entre la gente de nuestras parroquias.
Incluso en el campo teológico ha habido períodos en los que la teología ortodoxa se inspiraba en la peor teología escolástica católica.
Así, por ejemplo, en Rusia, los siglos XVII y XVIII se distinguen por la enorme influencia católica y protestante no sólo en la teología, sino también en la iconografía y en la música litúrgica. Todo esto creó una atmósfera confusa e híbrida en los sectores eclesiásticos y, en general, en la vida, especialmente entre los moscovitas.
Era tal el influjo que la teología católica ejercía sobre la rusa que, en las cuatro Academias eclesiásticas (Kiev, Moscú, San Petersburgo, Kazán), la enseñanza de la teología tenía lugar en latín, y los manuales de Dogmática se escribían también en dicha lengua hasta mediados del siglo XIX.
Hoy los ortodoxos intentan tomar conciencia de su identidad y sus tradiciones, rechazando todo lo que sepa a occidental; a menudo su teología y su espiritualidad no son “propositivas”, sino dialécticamente opuestas al occidente cristiano.
Hay que señalar también otro factor que está en el subconsciente del mundo ortodoxo. Los ortodoxos –y, en parte, también el mundo protestante- no creen en la sinceridad de la Iglesia católica en el campo ecuménico; encuentran demasiadas contradicciones entre los documentos oficiales de la Iglesia católica y la praxis. Se puede afirmar asimismo que los ortodoxos tienen miedo de la Iglesia católica, de su organización, de sus riquezas. Confunden la Iglesia católica con el Vaticano (a menudo, con la Ciudad del Vaticano), y la acusan de secularización y mundanización; la consideran una potencia no sólo en el campo religioso, sino también en el financiero y político. Temen que el diálogo ecuménico sea un “caballo de Troya”, gracias al cual la Iglesia católica acabará absorbiendo a la ortodoxa. Estas actitudes, acertadas o equivocadas, están presentes en los ortodoxos y condicionan su postura ante los católicos y, sobre todo, ante las órdenes religiosas occidentales.
La situación es aún más dramática en los países musulmanes e hindúes. Pensemos, por ejemplo, en los problemas que viven los cristianos en Sudán, Argelia, Indonesia, India…
Hoy, nuestras familias franciscanas trabajan en nuevos territorios más libres desde el punto de vista político, pero a menudo con grandes dificultades ecuménicas. Nuestra presencia en esos territorios, ¿beneficia sólo a los católicos o puede tener también –dado que somos franciscanos- un significado para quien no es católico? ¿Cuál debería ser la actitud del franciscano cuando va a un territorio que no es católico y en el que además existen prejuicios hacia la Iglesia católica? ¿Es suficiente que el franciscano trate de adaptarse a la civilización de esos países, “inculturándose” en ellos, para que su presencia pueda ser aceptada?
La respuesta a estos interrogantes nos la proporcionará la actitud de San Francisco ante el mundo y ante los musulmanes. Es interesante constatar que, hace ochocientos años, el Pobre de Asís adoptó una actitud ante quienes eran diversos que nosotros estamos descubriendo ahora, pero que todavía hoy es muy difícil de practicar, porque requiere la conversión del corazón.
Vamos a examinar cuál fue la actitud de Francisco ante el mundo y ante quienes profesaban una religión diversa; veremos también cómo Francisco ha sido aceptado por los no católicos y nos preguntaremos por qué él, un católico fiel a su Iglesia, ha sido aceptado y amado por quienes no son católicos, es más, ni siquiera cristianos.
Francisco visto por los no católicos
Es significativo que Francisco sea el santo de la Iglesia católica más querido y aceptado por parte de los no católicos. Nos vamos a detener en la cultura y el mundo ortodoxo oriental, porque es el que presenta más dificultades en el encuentro con los demás.
San Francisco representa la síntesis más lograda del mundo espiritual latino y griego, pues su intuición cristiana, que se nutría de la fuente de toda espiritualidad, la Escritura, asimiló también las riquezas que permanecían intactas en el mundo oriental. Ésta es la razón por la que San Francisco resulta «familiar» en el mundo ortodoxo, tanto eslavo como griego. Como dice Olivier Clement, un conocido teólogo ortodoxo francés (vive todavía), «San Francisco es ciertamente el santo occidental más popular y más querido entre los ortodoxos»[1].
El gran filósofo y teólogo ruso Nicolás Berdjaeff (1874-1948) consideraba a Francisco «el hecho más importante de la historia del cristianismo después de la vida de Jesucristo»[2]. Olivier Clement afirma que el gran teólogo ortodoxo Vlandimir Lossky (1903-1958) tenía una devoción especial a San Francisco de Asís y lo consideraba como uno de sus intercesores. Hablaba de él a sus hijos con frecuencia, y uno de los regalos más importantes que les hizo fue precisamente una vida de San Francisco[3].
Cuando aún formaba parte de la diáspora rusa en Francia, Nikita Struve, un gran historiador de la Iglesia rusa del siglo XX, hace algunos años pidió en un prólogo del Mensajero ortodoxo que la santidad de Francisco de Asís fuese reconocida oficialmente por la Iglesia ortodoxa. Y Nikita Struve es uno de los que, junto con los monjes del Monte Athos, sostienen con más tenacidad el carácter específico de la Ortodoxia, acentuando las diferencias que la separan del Catolicismo.
En el mundo griego, los más enamorados de Francisco son, sobre todo, los intelectuales. El que más ha dado a conocer a San Francisco en Grecia ha sido Nikos Kazantzakis (1883-1957), el mayor novelista de la Grecia moderna. Pensemos en algunas novelas muy conocidas también en Occidente, como Alexis Zorba el griego, La última tentación, Cristo de nuevo crucificado, y otras. Recorrió el mundo buscando al Absoluto; vivió en el Monte Athos, entre los monjes del Tíbet y de la India. Buscaba en algún lugar la santidad. En un libro autobiográfico, escribía: «Mi primer gran anhelo ha sido la búsqueda de la libertad. El segundo, que consume y atormenta mi interior, es la sed inmensa de santidad»[4].
Había conocido por primera vez a Francisco y a los franciscanos en su ciudad natal de Heraklion, en Creta, donde había –y hay todavía- un convento de los Capuchinos. Luego, cuando se trasladó con su familia a la isla de Naxos, durante los años 1897-1899 frecuentó el colegio de la Santa Cruz, dirigido por los franciscanos. Más tarde, cuando tradujo al griego la Divina Comedia de Dante, hacia el cual sentía una admiración sin límites, aprendió de memoria el undécimo canto del Paraíso, una de las páginas más sublimes que se han escrito sobre San Francisco.
Tras haber buscado mucho al Absoluto, llegó a Asís, donde permaneció casi un año. Y precisamente en esa ciudad, como él mismo confiesa, descubrió por fin «en Francisco el prototipo absoluto de la santidad». Allí se encontró con J. Jörgensen, y entre ambos nació una fecunda amistad. Fruto de su estancia en Asís y del encuentro con el escritor danés fue la traducción a un maravilloso griego moderno del San Francisco de Asís de Jörgensen, publicado durante la segunda guerra mundial y del cual aún hoy se publican nuevas ediciones. Más tarde, Kazantzakis escribirá uno de sus libros más bellos: El pobre de Asís[5]. Se trata de una vida novelada de Francisco, con interpretaciones muy personales, pero llena de una frescura poética que fascina. La fuerza expresiva de la misma es tal que a veces escandaliza, otras seduce, otras hace reflexionar, pero nunca nos deja indiferentes.
Para comprender qué representa San Francisco para Nikos Kazantzakis, traducimos aquí algunos párrafos de la introducción al San Francisco de Asís de J. Jörgensen, donde narra su encuentro con el escritor danés, entonces un desconocido para él. Cuando Kazantzakis se presenta, le dice:
«Soy de Grecia y he venido a Asís porque amo a San Francisco.
- Yo soy del otro extremo de Europa, responde el desconocido, de Dinamarca. Yo también amo a San Francisco y he venido para venerarlo. Y usted, ¿por qué ama a San Francisco?
- Por dos motivos, respondí. Primero, porque era poeta, el poeta más grande del primer Renacimiento. Supo agacharse y escuchar en el interior de las cosas más sencillas e insignificantes algo inmortal, escondido: la melodía. Tiene razón su biógrafo, Tomás de Celano, cuando dice: “Un velo muy tenue lo separaba de la inmortalidad”. Por ello era capaz de escuchar la melodía tras ese velo. A esta melodía él la llamaba “Dios”; yo, hasta ahora, la llamo “poesía”».
En el prólogo a El pobre de Asís, Kazantzakis escribía: «Amor, piedad, admiración hacia este héroe: éstos son los sentimientos que predominaban en mí mientras escribía esta novela, más verdadera que la misma verdad. A menudo, abundantes lágrimas empapaban el manuscrito y una mano con las marcas de una herida que se renueva eternamente y que eternamente se le inflige se movía ante mí en el aire. Mientras escribía, a mi alrededor, percibía por todas partes su presencia invencible. Porque, para mí, San Francisco representa el prototipo del hombre comprometido, que, con una lucha dura y constante, ha conseguido llevar a cabo el supremo deber que se impone al hombre y que está por encima de la misma verdad, de la ética y de la belleza: transformar en espíritu la materia que Dios le ha confiado»[6].
Otra personalidad de la Grecia actual impresionada por la santidad de Francisco es Pannaghiotis Kanellopoulos, uno de los intelectuales y políticos más apreciados en Grecia. Fue primer ministro, y escribió una obra monumental titulada Historia del espíritu europeo. En el primer volumen, hablando de San Francisco, escribe: «es posible que quienes se han retirado al monasterio del Monte Sinaí, o al del Monte Athos, sean verdaderamente santos, si han conseguido vivir real y profundamente el significado de los santos eremitas. Sin embargo, quienes –como San Francisco- iban de ciudad en ciudad dando sus sandalias (si las tenían) a los demás y con los pies sangrando buscaban a los leprosos para lavarles sus llagas, quienes preferían salvar a los demás antes que salvarse ellos mismos y tenían ánimo para sonreír cuando los apaleaban o apedreaban o se burlaban de ellos, perseverando en el amor, éstos eran mucho más santos que los otros. Su presencia en el mundo era mucho más decisiva para el desarrollo de la historia… Hoy, tras ocho siglos de historia, y teniendo en cuenta el modelo absoluto encarnado por Cristo, podemos afirmar que Francisco representa la figura humana más entrañable que ha engendrado Europa. Su vida y su poesía son algo único en la historia. Por otra parte, ¿es posible acaso distinguir y separar la vida de Francisco de su poesía? Su vida misma, como la presentan las inmortales Florecillas, es una poesía continua»[7].
Fotis Contoglou, el mayor pintor griego post-bizantino de iconos y, a la vez, un profundo teólogo de la iconografía, repetía –con evidente sentido polémico- que San Francisco es «el único santo verdaderamente “ortodoxo” de la Iglesia católica»[8].
La aceptación de San Francisco por parte de casi todos los no católicos se basa en algunos elementos de la espiritualidad franciscana que convierten al «Pobre de Asís» en un hombre que pertenece a la humanidad, elementos que deberían caracterizar también al franciscano en cualquier lugar del mundo, pero especialmente en aquellos países en los que la mayoría no es católica y existen además dificultades para el diálogo.
Francisco vive
el Evangelio en pobreza y minoridad
Los orientales reprochan al catolicismo el haber apagado el candor del Evangelio con una infraestructura que normalmente presenta rasgos mundanos. Se considera el catolicismo de la Edad Media, y también el actual, como una enorme institución, muy organizada, con abundancia de medios, y dispuesta a absorber las culturas y las tradiciones de los demás. Los misioneros serían los soldados del Papa enviados a conquistar y someter a las demás religiones. Estos sentimientos se viven generalmente a nivel subconsciente.
San Francisco, en cambio, es visto como alguien que, por su estilo de vida y su enseñanza, se distancia de esa impresión negativa. El Pobre de Asís impresiona a los no católicos por su talante evangélico, y es aceptado por todas las culturas porque el Evangelio es universal. Como afirma Pablo VI, el Evangelio «es independiente respecto a todas las culturas» (Evangelii nuntiandi, 20).
Francisco, en sus Escritos, se refiere continuamente al Evangelio y quiere que sus hermanos vivan «según la forma del santo Evangelio»[9], y no sólo eso, sino que –por su estilo de vida- es también pobre y sencillo; no quiere imponerse ante nadie de modo triunfalista y por eso no infunde temor a nadie: el otro no tiene que defenderse de él porque no quiere quitarle nada a nadie, ya que no desea poseer nada. Minoridad, pobreza, sencillez, sinceridad, autenticidad: éstas son las únicas “armas” con las que se acerca al otro. Y cuando a éstas se añade el amor sincero que no pretende conquistar sino darse, entonces tiene lugar el encuentro liberador con el otro.
En esto, Francisco sigue el ejemplo de Cristo, el Verbo encarnado, quien, para hablar a los hombres, se ha despojado y vaciado en la kenosis de la encarnación y de la pasión y muerte. Por eso, durante el Sínodo sobre la evangelización, celebrado en 1974, los obispos de África y de Madagascar afirmaban: «Los obispos de África y de Madagascar consideran totalmente superada la teología de la adaptación, y la sustituyen por la teología de la encarnación»[10]. El significado de la encarnación, que halla su plenitud en el misterio pascual, consiste en afirmar experimental y existencialmente que Dios está de verdad con nosotros, que forma parte de nuestra historia, de cualquier historia. Por tanto, es imposible canonizar una historia o una cultura concreta.
Esto resulta aún más evidente cuando se tiene en cuenta cómo considera Francisco la misión.
El ideal misionero de
Francisco
El paradigma de la encarnación-kenosis es hoy común en la teología de la misión. El modo de llevar a cabo la evangelización de las culturas depende de la teología de la misión que se profesa. Antes, la misión era considerada como conquista: los misioneros iban a conquistar a los equivocados, para evitar que fuesen al infierno. Se hablaba de la misión como implantatio Ecclesiae y se establecían “avanzadillas” comerciales y militares en los países extranjeros. El Concilio Vaticano II cambió esta mentalidad. Habló del diálogo, reconociendo en las demás religiones y culturas elementos buenos y santos y semillas del Verbo. La misión tiene sus raíces en el modo adoptado por la Trinidad para introducirse en el mundo: «La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre. Este propósito dimana del “amor fontal” o caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin principio, del que es engendrado el Hijo y procede el Espíritu Santo por el Hijo, creándonos libremente por un acto de su excesiva y misericordiosa benignidad y llamándonos, además, graciosamente a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad, y no cesa de difundir, la bondad divina, de suerte que el que es creador de todas las cosas ha venido a hacerse todo en todas las cosas (1Cor 15, 28)»[11].
Esta misión de Dios tiene un horizonte universal. La Gaudium et spes afirma: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (n. 22).
La Iglesia es el sacramento de Dios en medio de los pueblos, una profecía viva del diálogo de amor entre Dios y la humanidad; y su misión consiste en ser la misericordia viva de Dios en el mundo. El misionero es un profeta que, inerme, exhorta al pueblo a la conversión para descubrir el amor de Dios y que, si es necesario, está dispuesto –como Cristo- a dar su vida por amor.
El deseo de Francisco de ir a predicar procede de una experiencia clave en él. Un día, en la iglesia de la Porciúncula, Francisco escucha el Evangelio del envío de los apóstoles (Mt 10,5-14) o de los 72 discípulos (Lc 10,1-10).
«Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el Reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: “¡Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica!”» (1Cel 22).
Francisco quiere presentarse despojado ante el mundo, con la sola riqueza de la Palabra de Dios. Cuando otros hermanos se unen a él, Francisco, con un gesto simbólico, los divide en cuatro grupos de dos miembros cada uno y les dice: «Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados. Y permaneced pacientes en la tribulación, seguros, porque el Señor cumplirá su designio y su promesa. A los que os pregunten, responded con humildad; bendecid a los que os persigan; dad gracias a los que os injurien y calumnien, pues por esto se nos prepara un reino eterno» (1Cel 29).
Aunque se trate de una interpretación de la voluntad de Francisco, resulta significativo que la comunidad franciscana de los orígenes tenga clara conciencia de que hay que presentarse ante los hombres como Cristo, predicando la paz y la penitencia. El modo de actuar de los hermanos menores ha de ser una conducta que desarma, caracterizada por la humildad y la no violencia, incluso cuando ellos sufran violencia.
El Pobre de Asís se presenta como mensajero de la paz y la penitencia no sólo ante los cristianos, sino también ante los musulmanes.
En el Capítulo de Pentecostés de 1219 Francisco, ante tres mil hermanos, planteó el problema de la misión entre los musulmanes. Para dar buen ejemplo, decidió partir con algunos hermanos hacia Egipto, adonde llegó en Junio de 1219 con uno de los muchos barcos que llevaban refuerzos a los cruzados que asediaban Damieta. Observando a los cruzados, Francisco se dio cuenta de que no se trataba de una «guerra justa», e intentó convencer al cardenal Pelagio Galvani, al frente de la Cruzada, y a los soldados para que declarasen un armisticio y aceptasen la oferta de paz del Sultán Malekal Kamil (1218-1238). Francisco no fue escuchado y el ejército cristiano sufrió una dolorosa derrota, dejando seis mil muertos en el campo de batalla.
Después de esta derrota, Francisco se presentó ante el Sultán. Jacobo de Vitry narra así el hecho:
«Hemos
sido testigos de cómo el primer fundador y maestro de esta Orden, al que todos
obedecen como a su principal prior, varón sencillo e iletrado, amado de Dios y
de los hombres, llamado hermano Francisco, se hallaba tan penetrado de
embriagueces y fervores de espíritu, que, cuando vino al ejército de los
cristianos, que se hallaba ante los muros de Damieta, en Egipto, se dirigió
intrépidamente a los campamentos del sultán de Egipto, defendido únicamente
con el escudo de la fe. Cuando le arrestaron los sarracenos en el camino, les
dijo: «Soy cristiano; llevadme a vuestro señor».
Y, una vez puesto en presencia del sultán, al verlo aquella bestia cruel, se
volvió todo mansedumbre ante el varón de Dios, y durante varios días él y
los suyos le escucharon con mucha atención la predicación de la fe de Cristo.
Pero, finalmente, el sultán, temeroso de que algunos de su ejército se
convirtiesen al Señor por la eficacia de las palabras del santo varón y se
pasasen al ejército de los cristianos, mandó que lo devolviesen a nuestros
campamentos con muestras de honor y garantías de seguridad, y al despedirse le
dijo: «Ruega por mí, para que Dios se digne revelarme la ley y la fe que más
le agrada»[12].
A propósito de este relato, observa un franciscanista: «De las palabras del
prelado francés se deduce clara e inequívocamente que Francisco no quiso ni
tuvo protección armada alguna ni salvoconducto; en pleno desarrollo de las
operaciones militares, actuó movido sólo por el ardor de la fe
y el espíritu misionero. Los musulmanes eran también hermanos, a los
que había que mostrar el verdadero camino de la salvación, una salvación que
sólo Jesucristo puede otorgar»[13].
Tenemos otro testimonio de la Leyenda de Perusa, donde aparece con claridad el espíritu universalista de Francisco y el modo en que deseaba ponerlo en práctica. En Mayo de 1217 emprendió viaje hacia Francia y, al pasar por Florencia, se encontró con el cardenal Hugolino.
«El señor obispo se alegró mucho de la llegada del santo Padre. Pero, cuando le oyó que quería ir a Francia, se lo prohibió, diciéndole: Hermano, no quiero que vayas a las partes ultramontanas, pues hay en la curia romana prelados y otras gentes que muy a gusto impedirían el bien de tu Religión. Otros cardenales y yo que la amamos, de muy buena gana la protegeremos y ayudaremos si permaneces en los alrededores de esta provincia”. El bienaventurado Francisco le respondió: “Señor, es muy vergonzoso para mí quedarme en estas provincias mientras he enviado a mis hermanos a países lejanos”. El señor obispo le replicó en son de reproche: “¿Por qué enviaste a tus hermanos tan lejos a morir de hambre y a sufrir tantas calamidades?” El bienaventurado Francisco respondió con gran fervor y con espíritu de profecía: “Señor, ¿pensáis y creéis que el Señor Dios ha enviado a los hermanos sólo para estas provincias? Os digo de verdad: Dios ha elegido y enviado a los hermanos para provecho y salvación de todos los hombres del mundo entero; serán recibidos no sólo en los países de fieles, sino también de infieles. Y, con tal de que observen lo que prometieron al Señor, Él les proveerá de lo necesario tanto en tierra de infieles como en la de fieles”. El señor obispo quedó admirado de estas palabras y reconoció que tenía razón, pero no le permitió marchar a Francia; el bienaventurado Francisco envió a aquel país al hermano Pacífico con otros hermanos, regresando él al valle de Espoleto» (Leyenda de Perusa, 108).
El modo en que el hermano menor debe «inculturarse», cuando por «divina inspiración» va entre los infieles, es descrito por San Francisco en el capítulo XVI de la Primera Regla:
«Los hermanos que van entre infieles, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda criatura por Dios (1Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. Otro, que, cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios… Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que se dieron y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: “Quien pierda su alma por mi causa, la salvará para la vida eterna”».
Para Francisco, lo primero no es la predicación y menos aún un programa social que empuje a los infieles al bautismo, sino el estilo de vida del «hermano menor»: los hermanos, especialmente cuando se encuentran en situaciones límite o entre gente hostil, nunca deben buscar controversias ni discutir, sino que han de ser un ejemplo de fraternidad. En lugar de pretender imponerse a los demás, deben estar sometidos a ellos, sometidos incluso a toda criatura. Fiel a su nombre de “menor”, el hermano ha de ser el más pequeño de todos y ocupar siempre el último lugar.
La profesión de fe oral y la predicación vienen después del testimonio vivido en la concordia fraterna, en la actitud de reconciliación y en la sumisión incondicional a los hombres. No ir contra los demás, de modo combativo y polémico, sino ir entre los hombres de modo abierto y disponible al servicio; dominarse a sí mismo para poder actuar de manera reconciliadora, vivir en presencia de todos en fraternidad, estar sometidos a personas de otras costumbres, otras culturas y religiones, sin renunciar a la propia fe: éste es, en definitiva, el modo de «inculturarse» de la misión franciscana. Esto supone e implica la no violencia, el rechazo del triunfalismo, la búsqueda de la paz, la valentía de la fe, la apertura al diálogo, incluyendo hasta el martirio.
En los vv. 12-15 Francisco cita las palabras de Cristo, el cual anuncia a sus discípulos la persecución y la muerte por su fidelidad y amor a Él, el Maestro, el primero en recorrer el camino de la sumisión hasta la muerte (cf. Mt 5,10; Jn 15,20; Mt 10,23; Mt 5,11-12). El lenguaje de Francisco y esa elección de ciertas palabras de Jesús demuestran que no se hace ilusiones. Cuando los hermanos menores hacen de Jesús el punto de referencia y el objeto de su meditación, han de estar dispuestos a comprometer la propia vida. Y quien se compromete se expone… El capítulo XVI de la Primera Regla presenta con claridad la posibilidad y el riesgo del martirio. Se pide disponibilidad ante el martirio no sólo a quienes “van entre sarracenos”, sino a «todos los hermanos, dondequiera que estén» (v. 10).
Para Francisco, los perseguidores, incluso aquellos que causan la muerte, han de ser considerados también «amigos», pues son instrumento para alcanzar la vida eterna: «Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias, sonrojos e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; y los debemos amar mucho, ya que por lo que nos hacen obtenemos la vida eterna»[14].
Por tanto, para Francisco el martirio es un elemento esencial del seguimiento de Cristo por parte de los hermanos menores.
Francisco no excluye a nadie de sus preocupaciones misioneras; su corazón se abre a todas las personas, y siempre como auténtico “menor y siervo inútil”.
Francisco no sólo desea que el hermano menor no discuta con los que piensan de modo diverso y que esté sometido a todos, hasta el martirio, sino que además, anticipándose al «ecumenismo», él mismo no duda en adoptar usos y costumbres de los «infieles» musulmanes, reconociendo así que existen elementos comunes entre las diversas religiones. En la Carta a las autoridades de los pueblos, escribe: «Y tributad al Señor tanto honor en el pueblo a vosotros encomendado, que todas las tardes, por medio de pregonero u otra señal, se anuncie que el pueblo entero rinda alabanzas y acciones de gracias al Señor Dios omnipotente» (CtaA 7). En este deseo de Francisco de anunciar por medio de un pregonero la alabanza cotidiana a Dios, los estudiosos ven un influjo de la costumbre islámica de la salat. De hecho, durante el viaje misionero de 1219-1220, a Francisco le había impresionado el modo en que la gente secundaba la invitación a la oración proclamada varias veces al día por el muecín y elevaba su alabanza a Dios. Para Francisco, la alabanza a Dios tenía que unir a cristianos y musulmanes.
En la Carta a toda la Orden hallamos también una alusión a la costumbre de los musulmanes y los cristianos orientales de postrarse por tierra cuando pronunciaban el nombre de Dios: «A quien habéis de adorar con temor y reverencia postrados en tierra al escuchar su nombre; el Señor Jesucristo, cuyo nombre es Hijo del Altísimo, el cual es bendito por los siglos» (CtaO 4).
Nadie queda excluido del interés humilde y ferviente de Francisco. En la segunda mitad del capítulo XXIII de la Primera Regla, después de haberse dirigido a todas las categorías o estamentos de la Iglesia, se dirige con decisión a todo el mundo: «a todos los pequeños y grandes, y a todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas, a todas las naciones y a todos los hombres de cualquier lugar de la tierra que son y serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, hermanos menores, siervos inútiles, que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (1R XXIII,7).
El hermano menor, a ejemplo de su fundador, hará todo lo posible para llegar a todas las personas, incluso a las más difíciles y distantes de la propia cultura y religión. No intentará ejercer violencia de ningún tipo sobre ellas, no tratará de engañarlas con falsas inculturaciones exteriores. Procurará, en cambio, presentarse como es: un verdadero hermano menor, sencillo, cuya única arma es el amor. Como un juglar de Dios, predicará la paz y la concordia y, si llega la ocasión, por amor sabrá entregar también su sangre. Obrando así, quizás no haga proselitismo, pero sin duda alguna será una revelación viva del misterio de la kenosis de Cristo, por medio de la cual ha salvado a todos, incluso a quienes no lo reconocen explícitamente.
Conclusión
Por supuesto, ese modo en que Francisco se presentaba ante los demás y dialogaba con ellos y con sus culturas no es fácil de aplicar hoy. Sin embargo, es el único método que él deseaba que practicasen también sus seguidores. Las técnicas misioneras, la preparación teológica, el conocimiento de la lengua y las costumbres de la gente entre la que somos enviados, son necesarios, pero no decisivos.
Nosotros tenemos una riqueza que las demás órdenes no tienen: ser discípulos de Francisco, el santo universalmente aceptado, y ser también «hermanos menores». Ésta es nuestra debilidad, desde el punto de vista humano, pero constituye a la vez nuestra fuerza y nuestra riqueza desde el punto de vista de la fe. Podemos decir con San Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
El franciscano humilde, pobre, sin pretensiones, que se presenta ante los demás amándolos con sus diferencias religiosas y culturales, que anuncia la paz siendo él mismo pacífico e inerme en todo, que ama a todos los seres –también a los inanimados- y que es por ello un verdadero «ecologista», que se acerca a los demás sin pretensiones triunfalistas, sin voluntad de violentar las conciencias de los demás con la excusa de anunciarles la verdad, sino que más bien está dispuesto a aceptar todo lo bueno que tienen los demás, situándose entre ellos como hermano menor, ese franciscano será amado y respetado por quien no es católico o ni siquiera cristiano.
Cristo, antes de ser anunciado con palabras, será transmitido por el modo de ser del hermano menor. El diálogo con los demás será un encuentro no tanto de palabras, sino de corazones, y si, a pesar de todo, nos sintiésemos rechazados, pero continuásemos amando igualmente a quien no nos acepta, entonces nuestra presencia en esos lugares y entre esas personas no sería estéril. Precisamente en esos casos manifestaremos el rostro más desconcertante de Cristo, el de su kenosis, es decir, el que ha salvado a todos, incluso a quienes no quieren aceptarnos.
[1]
Cf. L. Santucci (dir.), Francesco,
otto secoli di una grande esperienza cristiana, Milano 1981, 99.
[2]
N. Berdjaev, Il senso della creazione. Saggio per
una giustificazione dell’uomo, Jaca Book, Milano 1994, 334.
[3]
Cf. Santucci (dir.), Francesco,
98.
[4] Informe a El Greco (en griego), Atenas 1974, 86.
[5]
N. Kazantzakis, El
pobre de Asís (trad. Enrique
Pezzoni), Ed. Debate, Madrid 1989. Existen
diversas traducciones de esta novela de Kazantzakis. En
italiano: Il poverello di Dio, tr.
F. Maspero, Pres. Y.
Spiteris, Piemme, Casale Monferrato 1990. En
francés: Le Pauvre d'Assise,
Traduit du grec par Gisèle Prassinos et Pierre Fridas, Librairie Plon,
Paris 1957, 1977. En
inglés: Saint Francis, Translated from the greek by P.A. Bien, A Touchstone
Book published by Sim and Schuster, New York 1962.
[6]
Kazantzakis, Il poverello di Dio, tr. it.
cit., 21.
[7] P. Kanellopoulos, Historia del espíritu europeo (en griego), vol. I., Atenas 1958, 208.
[8] Cf. J. De Gaigneron, «Un bizantino de nuestros días» (en griego), en Aa. Vv., En memoria de Contoglou, a los diez años de su muerte (en griego), Atenas 1970, 128.
[9]
Test 14.
Sobre S. Francisco y el Evangelio, cf. D. Dozzi,
Il Vangelo nella Regola non bollata di Francesco d’Assisi, Roma
1989; Th. Matura,
Comment François lit et
interprète l’Évangile, en Évangile
aujourd’hui 88 (1975) 55-63; Idem, François
d’Assise «auteur spirituel». Le message de ses écrits, Cerf, Paris
1996, 236-239.
[10]
Cf. A. Shorter, Toward
a Theology of Inculturation, Geoffrey Chapman, London 1988, 80.
[11]
Ad Gentes,
2.
[12]
Historia Occidentalis,
32.
[13]
R. Manselli, San Francesco, Roma 1980, 225.
[14]
1R XXII,
3-4.